
Un hombre bien depilado, con su piel cuidada y suave, es toda una fiesta para el sentido de tacto, tanto para la yema de los dedos como para la lengua. Pero no. Si lo que buscase es sólo una piel aterciopelada sería más sencillo y práctico hacerme lesbiana... y no estoy de momento por la labor.
A mi me gustan los hombres con su vello. Pasar la mano por su torso y sentir las cosquillas de sus pelitos entre mis dedos. Hombres con chispa, con su electridad estática. Prefiero los poros con sus vellos bien plantados, altivos y elegantes, no esos agujeritos huérfanos y sin inquilino.
Eso sí, todo en su justa medida. Vello, el necesario. Qué no sea abrazar a un hombre desaparecer entre sus marañas de pelo. No. No me atraen los hombres a los que hay que cepillar o que dudas entre si duermen o hibernan.
Lo sé, soy exigente en este tema, pero que le voy a hacer si es lo que me pide el cuerpo, y al cuerpo hay que cuidarlo.